20 de marzo de 2011

Las Manzanas P4

Parte 4 "Despertares"

Se levantó esa mañana después de un largo vendaval, salió de su pieza y se alegró al saber que se encontraba sola. La casa estaba en penumbras, levantó las persianas y una luz fosforescente la encandiló dejándola inmóvil, luego se retiró del resplandor lentamente para no quedarse ciega en el trayecto y se dirigió al baño.
Estaba con sueños recientes en el pestañear cuando se miró al espejo. Tenía marcas en la piel y la cara hinchada como desfigurada, el seño fruncido como un gesto permanente. Se asustó al verse así, se lavó la cara, e interiormente dijo: _Bueno ya está.
Debía terminar con todo eso, y encontró modo de darle un final ritual, prendió la computadora para poner música, una música que la hiciera sentir viva y no la hiciera llorar, una música que le diera ganas de bailar.
Abrió las canillas de la ducha y lentamente el vapor comenzó a empañar las paredes y el espejo, hasta que los vértices del cuarto se desvanecieron. Se desvistió sin mirarse (porque todavía se odiaba) y se entregó al agua reparadora, a la lluvia que deja atrás todo, formadora de nuevas vidas. Se enjabonaba la planta del pie con dedicación en tanto el chorro de agua golpeaba sobre su nuca y esparcía una lluvia de agua violenta que se repartía entre su cuerpo y la porcelana de la bañera. Tras concentrarse en su respiración, siguió con especial atención el descender de una breve pared de agua desde sus rodillas hasta hacer dique en los dedos de sus pies. Después de ver el agua estancada, giraba sobre si misma para dejarla irse por el desagote. Y mientras imaginaba ese espectáculo en cámara lenta, sonreía por haberse convencido de darle un final definitivo a todo eso.
Tenía la piel suave y el pelo enrulado. Después de secarse se envolvió en una toalla y se dispuso a vestirse. Fue hasta la habitación en busca de ropa. Tenía que ser la ropa adecuada para el día y el estado de ánimo, una mala elección podía arruinarle el día, algo demasiado inusual podía hacerla sentir incómoda, una demasiado casual desprolija, una ropa demasiado elegante, ridícula. Eligió un par de prendas para combinar y se puso a deliberar frente al espejo. Se decidió por un Jean y una musculosa rayada en blanco y negro, se ató el pelo en un rodete casual y buscó las llaves, plata, un libro y un objeto donde llevar todo eso.
Salió de la casa rumbo al centro, a algún cine, en búsqueda de algo que tuviera la certeza le gustaba. Las dos cuadras hasta la parada del colectivo las hizo con una mirada fresca como si cada paso fuera un recorrido nunca antes transitado, al llegar al centro y caminar por su avenida favorita, abría los ojos y levantaba las cejas con cada persona que pasaba, con cada negocio que contemplaba. Era la mirada de un extranjero entusiasta por cada centímetro a degustar.
Todo lo que hacía tenía una predisposición a la felicidad desconcertante, parecía una parodia de las personas que deseaba ser. Movía los ojos hacia todo, y esbozaba una sonrisa lejana, desplazándose de forma fantasmal, demasiado invisible como para ignorar.
Era alrededor de medianoche cuando llegó a un bar situado en el Bajo de Retiro, en una calle cercana a la Av. Além, el lugar daba la impresión de esta cerrado y ella dudó ya que era un día de semana, pero se sentía poderosa, dueña de terminar con todo eso de una vez por todas, entonces empujó la puerta de vidrio que impedía ver lo que sucedía en el interior, corrió la puerta con todo el cuerpo y entró. Había un par de personas distribuidas por el lugar en pequeños grupos, no dudó en ningún momento sobre el sentarse sola, para eso había ido, para no disimularlo.

22 de febrero de 2011

Las Manzanas P. 3

Parte 3

Pero Alejandra se obstinó en salvar su bondad sobre sus determinantes juicios y decidió no enterrar a X sino escucharlo con una calma dulce y serena. La sensación de estar siendo humilde le embelesaba el alma, y la conciencia interrumpía ese romance consigo misma para recordarle que ella no lo hacía por buena voluntad sino por amor propio. La conciencia decía que era mejor asesinarlo, que aguantarlo para ejercitar la paciencia y las buenas acciones. Para ese entonces se sentía una especia de beata con dolores de estómago de represión.
Le dieron ganas de tomar helado como en aquellos pasados años con G.W y CH. Cuando se encontraban durante todo el verano en el soleado San Telmo, y ella llegaba siempre tarde y ellos siempre la esperaban casi sin recriminaciones. Eran tardes tan calurosas como aquella, muchos años después cuando lo conoció a Iván.
Fue en la Plaza Dorrego, en un carnaval espantoso en que los mocosos tiraban una porquería de espuma que se pega en el pelo y es atroz, mezclada con el bochinche de murgas mal organizadas. Alejandra había ido a parar en ese lugar, porque estaba suspendida en el tiempo y no podía moverse, el calor la había inmovilizado y anestesiado, no sabía de dónde venía. Se quedó mirando todo ese espectáculo con admiración, como si en realidad le gustara. Entonces apareció la voz de él, él que llevaba ya dos horas al lado de ella, haciendo nada, riéndose, porque él sí admiraba a esa gente.
Iván le dijo:__ ¿Querés que te ayude?
__Bueno.

Entonces se fueron caminando hasta constitución, y ella rogaba que no la mojaran, porque sino iba a morir del odio. Pero ahora se sentía protegida por él, porque le inspiró confianza, porque se ofreció a salvarla, y ella aceptó. Se tomaron el subte hasta retiro y de allí el tren, en tren hasta el tigre, y en tigre había un aire fresco que le hizo pensar más claramente, como si su mente se poblara de poros y pensó que se estaba sintiendo bien, a sus anchas, y que la única manera de amar el calor era estando en un lugar fresco. Él le sugirió se tomaran una lancha colectivo hacia las islas, pero ella se sintió atormentada por un recuerdo, un presentimiento, algo pendiente...
___Prometí estar en mi casa antes de que oscureciera. Eso era lo que no me acordaba.
___Esta bien, volvemos?

La palabra natural:

__A veces siento que estoy con gente con la que me gustaría hablar sin tener en mi mente un pensamiento paralelo que lo confunde todo
__Querría que fuera todo
__Que fluya si que sea
__Natural
__Natural
Para siempre, juntos para siempre. Diferentes pero al fin juntos, como dos seres perdidos en el universo que se encuentran, así de fácil y maravilloso, un universo del mismo idioma.
Ella dudaba, más bien tenía mucho miedo de qué él se enamorara de ella, de que él no se enamorara de ella ni ella de él. Pero fue con la única persona que se dejó de preocupar todo el tiempo, porque se dio cuenta que podía tenerle una confianza eterna, nunca tenía miedo a que la dejara de querer, ni viceversa, armonía, como en un jardín de té.
El sol bajaba gradualmente mientras X y Alejandra permanecían sentados del lado que da a la avenida Rivadavia, al lado había un árbol de varios años, que tenía alrededor un cantero gigante y las ramas más lejanas a la raíz necesitaban una especie de remache para poder sostenerse. Parecía una árbol triste, que había observado nostálgicamente los cambios de rededor durante largos años sin un comentario de recriminación.
Rodeaban el cantero unas altas rejas de color verde y Alejandra las miraba con una tristeza exagerada, recordaba con una aflicción desconsolada cuando las personas se sentaban en ese cantero, cuando podían tocar la tierra y el tronco del viejo árbol; contempló girando la cabeza sobre su cuello, primero para un lado y después para otro, que todo el parque estaba ahora tras las rejas, tenía puerta y horario de visita, carteles prohibitivos en cada lado, la vereda exterior a la reja señales para la circulación de bicicletas. No era más un refugio, el parque era un pedazo de cemento color verde, y ahí sobre un árbol caído casi escenográficamente sobre el césped, estaban Alejandra y X. El fondo actuaba como partícipe de tal infamia, la infamia de matar el tiempo.

18 de febrero de 2011

Las manzanas P. 2

Parte 2:

A veces se saca la ropa y piensa en el amor, en la manera más plástica de desvestirse. Antes pensaba en el ojo de dios mirándola y le producía terror y vergüenza, pero ahora piensa en una cámara con ojos de gente sensible que la mira y piensa que ella es especial, quiere creer que lo es y no se quiere dejar convencer por esa que piensa que no.
Se siente especial por abrir el pan desastrosamente como lo hace, por ser fanática de las ferreterías y de los helados más empalagosos del mundo. Alejandra quiere que alguien se dé cuenta de eso, y solamente de eso, porque en realidad se quiere casar con ella misma. Quiere que alguien se quede mirándola, como ella cuando contempla los perros que juegan en la playa, sonriendo, triste y contenta.
Siente que pasa su vida en los colectivos, inventa historias, divaga.
Ese día ella creía tener pánico por el amor de él, en cambio, se fue triste porque él no la quería (Él, que era una representación de “Los hombres”, una personificación de su ego, no porque tuviese un nombre)
X dijo un montón de verdades que son mentira, ella mientras escuchaba se daba la libertad de mostrar su cara de tristeza, de sueño repentino, de pensar en ella sin cesar, cara de querer irse.
X hablaba, se mentía se atajaba, ¡cuán reflejada se veía en él! En esa gran contradicción. Dijo que quería todo de verdad, y creyó entenderla, pero él sólo quería jugar.
Espera ser mágicamente especial para cierto tipo de gente que esbozó sentir afinidad de extrañeza con ella, lo espera de gente con poco, o nada de significado en su vida.
Se deprime por deporte, o porque no quiere, no de nuevo, hablar de lo que realmente le pasa, (dice que no lo sabe.)
Aplaca el aire que hay dentro de ella
y hay más gente que piensa como ella
y aunque a veces se le hace mas fácil el respirar eso tampoco significa nada.

Alejandra necesitaba entender, no desde ella, sino desde él, lo que le sucedía. Entones lo escucha, esta vez atentamente.
Sí me acuerdo..¿Es extranjera?
__Si es francesa como la madre .. pero ella no sé si no sabe o no le gusta hablar en francés.
A Sarah la conoció en la escuela en el tercer año de la secundaria Alejandra se sintió atraída hacia ella porque parecía ser mucho más grande, y ella siempre se había llevado bien con gente más grande, le llamaba la atención, sin embargo no hizo ningún intento para acercarse, quería escatimar esfuerzos de simpatía .
Pero finalmente se rieron del mismo chiste, uno que contaron en una película de Woody allen, y por una instantánea soberbia se hicieron amigas, compartiendo el tesoro de un humor “culto”.
Sarah sabía hablar francés a la perfección pero no lo hacía porque se resistía a ser diferente. Tenía una timidez extrema, pero una vez que se lograba tener acceso a su vida, cuando se había cruzado la barrera de intimidad se disfrutaba de la verdadera Sarah, la graciosa Sarah, la adorable (aunque despreciable para el desconocido)
Hija única, cómoda en la reserva de su casa. Se entretenía mucho tiempo en su cuarto que quedaba en una especie de altillo en un departamento de Barrio Norte.
Vivió hasta los 6 años en Francia, volvieron porque Marianne estaba cansada de su país y Roberto lo extrañaba. Ella no se acuerda mucho, simplemente le quedó la imagen de la torre Eiffel en la retina, era de algo que no podía olvidarse y no lo podía comparar con las fotos porque el ángulo que ella tenía era particular, se acuerda de unas personas y de puestos de comida, del color de las rejas alrededor de las rosas, y después la ve de lejos desde una auto como en una postal, ahí ya sabía que se iban a ir.
Era inteligente, acertada en sus comentarios, para Alejandra era exquisito escucharla en esos días de furia que con una ironía puntillosa ubicaba personas mal ubicadas, esos comentarios los hacía en la intimidad, pues se avergonzaba enormemente de su cinismo, quería ser naturalmente modesta, esa modestia que el modesto no sabe que posee. Seleccionaba obsesivamente las palabras destinadas a objetivos específicos. Cruel, hermosamente cruel con personas como X.

11 de febrero de 2011

Las manzanas P. 1

(éste texto lo terminé en 2004, lo voy a publicar por partes porque es un poco largo, espero les guste)

Parte 1:    "Sábado"

Ella se deprimió por pensar demasiado, y en toda la conversación nunca dijo toda la verdad, eso sólo lo había hecho con G.W.
Esa situación era una gran parodia de ella misma, de lo que deseaba.
Era un sábado de Abril, sentados sobre un árbol caído en el parque Rivadavia, se encontraban Alejandra y X. Gozaban de la naturaleza más salvaje: el césped a sus pies, las hormigas sobre los árboles, las regaderas automáticas perseverando sobre los charcos. Un día soleado, optimista como ninguno.
Alejandra ponía todo el peso del cuerpo sobre la pierna derecha, al momento se acalambraba y cambiaba de pierna, X era inquieto y no lograba sentarse ni mirarla a la cara.
Hacía largo rato que repetían una rutina mentalmente exhaustiva, iniciaban una conversación, se transformaba en discusión y luego en silencio. No valía luchar por nada de lo que decían, pero tampoco abandonar esa escena. Ella creía que podía crear un vínculo con la perseverancia, con actitud voluntariosa se convenció empezar a escucharlo sin subestimarlo.
Recordó la primera vez que fue soberbia sabiendo que esa palabra tenía una mala connotación. Tenía 5 o tal vez 6 años, y lo sintió hacia una compañera de preescolar cuyo nombre no recuerda, sin embargo tiene una fotografía de ella en un acto escolar, y cada vez que la ve en esa pose tan torpe, se justifica...

Ella era más determinante en su cabeza que con lo que salía de su boca, decía que debería decir cosas más determinantes, pero se aburría de escucharse, no sabía cómo debería actuar. En un momento puso la mano debajo de la pierna que tenía estirada y le quedaron las marcas del tronco en la palma, era una presión casi dolorosa pero le entretenía el momento que él hablaba.
Lo empezó a mirar detenidamente como con cierto afecto. Él no dejaba de moverse, durante un breve relato podía cambiar de posición varias veces, incluso estando sentado. Ahora frente a ella él se paraba sobre el peso de un pierna, con las manos en los bolsillos hamacaba el peso hasta la otra pierna, repetía ese movimiento constantemente.

Alejandra acudió a Nicolás en ese preciso momento, intentaba rescatar el ambiente en donde todo sucedió, cómo era ella en aquel momento. Quería presenciar ese pasado con claridad para tratar de descubrir en ese hombre, la falla, el gen maldito de todas las relaciones malditas. En él podría hallar el comienzo, las primeras decisiones erróneas que luego se hicieron parte de un movimiento instintivo, casi reflejo; Buscaba desesperadamente el momento exacto en que sucedió el tropiezo fatal.
Cuando se acuerda de las cosas que sucedieron con él se justifica alegando que era la primera relación de todas, siente una tristeza infinita cuando se acuerda de ella de esa manera, débil y enamorada, aún ahora no puede superar el dolor que alguna vez sintió, esa soledad que se experimenta al lado de alguien.
Él fue una pieza fundamental en el historial de angustia amorosa de Alejandra, era un chico lindo, vanidoso, tenía una sensibilidad especial y una sinceridad demoledora. Alejandra aprendió de él en un curso acelerado todas las actitudes adulto-bastardas que suceden en las relaciones adulto-emocionales. Recordaba esos momentos en búsqueda de una respuesta, pero sólo logró transformar esas memorias en imágenes y escenas irreales de su cabeza. Nunca encontró lo que buscaba en esa práctica del recuerdo, ella necesitaba extraer el por qué.
El día que lo conoció percibió que él la miraba atravesándola, pero hizo caso omiso de su percepción porque él era muy lindo como para mirarla, (los lindos se miran entre sí) pero después se dio cuenta que la miraba a ELLA y se sintió halagada. Pero no sabía nada del amor, y se enamoró, porque era muy chica. Ahora sabe como son las cosas, y es más triste, más superficial.

X hizo un ademán que daba entender que ella debía responderle algo, entonces se quedo mirándolo, rió, y le dijo: “¿qué?” __”Nada, te contaba nomás no era para que me respondieras”. Qué suerte, pensó Alejandra, qué suerte.
Hizo nuevamente un intento y le preguntó cosas, una lista inmensa, para identificarse y quererlo un poco al menos por vanidad. Él exhibió de manera talentosa, un inventario de cosas desagradables, todo lo que revelaba que ella no debía estar allí, todo lo que la alentaba a juzgarlo, en ese momento lo odió por obligarla a ser cruel.

5 de noviembre de 2010

Ideal

“Nuestra desconexión temporal es tal que es casi mágica” le dijo él con el cuello del piloto levantado como Bogart en sus mejores momentos. De cualquier modo podía desarmarla, sino era con el amor, era con el desprecio. Qué iban a hacer ya, desde cualquier punto de vista todo era previsible, su separación, su amor, sus odios.
Julia lo detuvo, simplemente porque podía, desde que era chica podía detener el tiempo, no para modificarlo de algún modo simplemente para saborearlo, porque ese tiempo no la dejaba reflexionar ni moverse ni pestañear siquiera, era un regalo visual de eternidad que le concedían los dioses. Entonces lo observó porque era lo único que podía resolver, le miró la boca detenida en una vocal que no puede descifrar, (por la inmanente característica de ese estado temporal) simplemente ve que esta semiabierta y que se asoman los dientes de fumador incansable, casi puede sentir su aliento contenido en un acotado espacio perfectamente delineable y no puede sentir deseos de besarlo, no puede recordar qué está diciendo él en ese momento, por lo que recorre la mejilla para bajar por el cuello y de allí, sin posibilidad de recordar la temperatura de su abrazo, sube por el costado izquierdo del cual ve sólo una porción hasta descansar en su ojo, el izquierdo quedó totalmente abierto con una expresión que la supera en entendimiento (aún si podría disponer libremente de su entendimiento, la sobrepasaría) intenta ver el ojo derecho pero no lo logra ya que esta tapado por las pestañas de ella, agudiza la vista para espiar entre los pelos de sus ojos, pero estas se arquean de tal manera que producen una barrera, una barrera que le impide ver la pupila del ojo derecho de él, intenta apuntar con su otro ojo pero no puede ya que su inclinación hace que la nariz saque ese ojo de su campo visual.
Se conforma con su piel, presiente la barba desobediente en zonas de pelo antes nunca andado, presiente los raspones, (sin deseos ni conclusiones sino imágenes de imágenes) presiente su adolescencia, presiente un retrato suyo en carbonilla diez años atrás en la casa de León Suárez donde lo conoció. Ve debajo del mentón su hombro, en línea recta con el codo como punto de apoyo, se ve la fuerza del peso que sostiene (tensión viva pero inmóvil) esa imagen de él completo, sin poder imaginar el ojo derecho, la nuca y las piernas vislumbra esa imagen como él, como esa persona que antes de detener el tiempo le hablaba sobre detener el tiempo.

20 de abril de 2010

Mucho Humo

Entonces prendí un cigarrillo y el gusto del humo me recordó al gusto del humo en la boca de otro, sin embargo no pude capturar a quien pertenecía ese sabor.
Últimamente mi problema es mi memoria, ya no recuerdo casi nada. Los pocos recuerdos que tengo se han transformado en anécdotas repetidas al cansancio, y en fotos viejas a las que fui inventándole vivencias, pero no creo que pertenezcan a mi propia memoria. A veces me esfuerzo mucho para tratar de encontrar algo nuevo en mi pasado, algo de mí que no conozca.
Prendí otro cigarrillo, pero ahora fumaba concentrada en encontrar algo concreto, y a pesar de eso no logré dar con la boca de aquel que alguna vez me había besado oliendo a tabaco, penetrado de ese olor. Hasta consideré la posibilidad de que no fuera más que mi propia boca la que masticaba ese olor.
Encontraba otras cosas, asociaciones, pero no eso nuevo que buscaba. Recordaba alguien rechazando mi olor a cigarrillo, a amigos que alejaban el humo con sus manos, a gente fumadora a la que había besado, pero no a quién ese cigarrillo había querido traerme a la mente. Tampoco recordé, para ser sincera, cómo se sentían esos besos, no desde las tripas, sino más bien como una estadística, que no tiene que ver con el recuerdo, que no da constancia de nada vivo.
Repasaba uno tras otro, traía sus débiles presencias a memoria, insignificantes marcas habían dejado en ella, aparecía todo tras un humo de bastidor.
Mucho humo, después de todo creo que lo más sano será dejar de fumar.

16 de marzo de 2010

NN

Estoy tirada en la playa, un cadáver que el mar desprecia; cada ola, tratando de quitarse de encima semejante incriminación, pero con la misma indiferencia y (presumo) disimulo que lo hacen con los huevos de tortuga y las algas, y por qué no, con las carnosas y amenazantes aguas vivas. Sigo acá, toda pesada con el vestido levantado y boca abajo. ¡Como lo temía! la ropa interior se transparenta.
Aunque es invierno y la marea está alta y me tira con fuerza, en cada oleaje logra poco, cada vez me entierra un poco más. Tengo arena en los ojos y la boca semiabierta taponada. El patetismo es tal que sobre mi mejilla se posa un berberecho, riéndose de mi, monocelular, pero cínico.
Me desespera no poder modificar esta situación, pensar que me puedan encontrar de esta manera… despatarrada, con el vestido literalmente al hombro, las piernas semiabiertas, ¡Tanto cruzamiento de piernas reglamentario para terminar así…!, y ni hablar de la incomodidad de tener mi brazo derecho debajo de todo este cuerpo.
Mi mayor temor en este momento que me encuentren así. Sé que antes de la compasión por verme tan joven y tan muerta, sentirán un terror incontrolable por esa cosa inerte bamboleada por las olas. No criticarán mi desfachatez, mi celulitis, estarán estáticos, conmocionados, sin parar de verme, y yo seguiré ahí apuntándolos, recordando sus propias muertes.
Pensar que de chica fantaseaba con “hundirme en el mar” como el poema de Alfonsina, me imaginaba como una escultura helénica, con los paños elegantemente pegados a mi cuerpo y erguida con toda dignidad. Entraba en el mar tratando de caminar y hundirme con toda gala, pero atravesar la primer rompiente con elegancia era un cometido imposible, por lo que abandonaba la tarea.
Ay! ya pasaron como dos horas y soy un asco, suerte que por lo menos no tengo olor, esto del agua salada es un acierto. Pero ya queda poco tiempo para que amanezca y ahí seguro se viene el inevitable “rescate”, espero que no sea de manos de un policía… ¿y saldré en los diarios? En uno local seguro…espero que no me saquen fotos, no terminar en youtube gracias algún celular morboso. Bueno me estoy cansando un poco de este fluir de la consciencia, ¡no me muero más!, calculo que con la aparición de algún curioso ya me voy a poder escindir de este cuerpo atolondrado, dejar de custodiarlo en su soledad a que alguien solucione los trámites y dé curso a mi muerte.

19 de febrero de 2010

Desliz

La ansiedad me dominaba, de pronto estaba perdiendo cosas de mi cartera, comiéndome las uñas y sacando un cigarrillo impensado de encender a esa hora de la mañana. Me apoyé sobre la pared de un negocio y prendí el cigarrillo, sonó el teléfono y me senté en el piso apoyando la cartera para buscar el celular, revolviendo todo ese monoambiente. Agarré esa luz fluorescente que me reclamaba, y con la torpeza que ya acumulaba, atendí, a los gritos, y sentada de cuclillas en el medio de la vereda. En ese momento no tuve una imagen muy clara de mi misma. Estaba casi al llanto. Atendí a Elvira con sus consultas de expedientes, notas, la ubicación de la tacita del jefe y satisfice todas sus dudas, colgué. Me paré ya despeinadísima, y empecé a caminar sin dirección, poniéndome la mano en la cara todo el tiempo, impregnando los sucesos en una culpa grande y beata, fantaseando que así serían eliminados.
En ningún momento perdí del todo la claridad, pero me costaba reconectarme con lo que tenía que hacer. Caminé de manera casi sonámbula arrastrando la valija con rueditas, repitiendo ese movimiento de las manos sobre la frente que con los dedos restregaban los ojos de arriba hacia abajo hasta terminar apretando ambas mejillas a la altura de la boca.
Llegué a una parada de colectivo y reconocí el número, ¿pero sería este el lado correcto? ¿Este es el lado que va para la boca Señor?
Si Señora suba.
¿Señora, ya para un colectivero de mediana edad soy una señora? Bueno no importa, eso después de todo hacía que me esperara con más paciencia mientras subía.
Pero ¿Por qué tuve que perder la llave, por qué la dejé en esa maldita campera?, si yo pensé unos segundo que las tenía que poner en la cartera, pero claro, lo dejé para después, ¡qué estúpida! ¿Por qué para después? Voy a llegar a la casa y José no va a estar, eso es bueno, me dará tiempo para bañarme y pensar como sortearé las cosas.
Y ¿Cómo es que no guardé las llaves en la cartera cuando ese era habitualmente un movimiento mecánico? Por culpa de eso decidí esperar a Lucía en un bar, no me atreví a pedirle que viniera a auxiliarme con su juego de llaves a esa hora de la madrugada. No, preferí hacer tiempo en ese bar hasta alcanzar un horario decente. Ahí lo inevitable se encontraba en estado arcaico, esperándome para desatarse.
Sigo en el colectivo, debería disfrutar de este viaje también. ¿No me vanaglorio de amar esta ciudad? Recorrer los detalles que se pueden observar desde esta altura, distraerme con la gente. Entrecerré los ojos para planear lo que iba a hacer: llegando a la casa, en el mini hall de tinte rojo colgaré mi saco y todo lo otro en el piso, pronunciaré su nombre para cerciorarme de que no esté mientras taconean mis pies el piso de madera rumbo al baño. Y estas llaves de porquería las dejaré en el colgador.
A la tarde llegará José, debo tener claro lo que le voy a decir, ¿cómo se lo voy a decir? Pensar que un simple error, una simple pérdida me va a hacer perder a José. Me parece terrible la sola idea de estar sin él, de vivir mi vida lejos de él.
Cuando llegué al bar él ya estaba sentado en la barra. Y después de un rato, mirado mi valija me preguntó si iba o volvía, le dije que estaba haciendo tiempo para volver a mi casa. Era alto y fuerte de cuerpo, y parecía ser bastante más joven que yo. Sostenía en la cara una expresión de sonrisa permanente, como de bienestar, por eso no dudé en proporcionarle esa información. Después de un rato me estaba riendo como idiota, y ya tenía un agente autorepresivo que comenzó a cuestionarme esa sonrisa, me defendí argumentando que no pasaba nada, que no era más que un chico muy agradable.
Por fin llegué, grité su nombre, y como lo había previsto no estaba. Me metí compulsivamente en la ducha, casi arrancándome la ropa, y bajo el agua, tratando de enjuagarme la incriminación, me enjabonaba los muslos, las piernas y toda porción de cuerpo que sus manos habían tocado, con desesperación, intentando borrar de mi cuerpo las últimas horas. Angustiada, dolida por la inminente pérdida, encarnando la frase que asegura que cada decisión, cada simple desliz puede cambiar el rumbo de nuestras vidas. Pero entonces comencé a reír, cerré los ojos recordando sus manos firmes, su determinación, mi cuerpo activo que se desenvolvía con una soltura que mi consciencia, en caso de haber asistido, hubiese desdeñado. Y entonces mi mente se calmó, salí de la ducha, me sequé parsimoniosamente frente al espejo, mirando mi piel rosada, rosada y nueva, y me puse la bata. Fui hasta el teléfono y llamé a José, le conté que gracias a dios Lucía tenía un juego de llaves y me había rescatado de mi tonta pérdida, que a qué hora volvía y qué quería para cenar, lo que quieras me dijo, milanesas entonces.

9 de febrero de 2010

Habitación

La mancha que crecerá de manera espiralada en el techo de la habitación todavía no se ve, ni se percibe la corrosión interna de las paredes que causarán el desmán.
La mañana del 9 de diciembre en su ausencia cayó la primera gota que golpeó el piso con furia, una gota que se había formado recolectando pacientemente la humedad del muro durante largos años, y ese día cayó.
Marina regresó a su casa. Cargaba un sueño extremo y decidió abandonarse a esa necesidad. Se puso un camisón y entró a su habitación que se encontraba cubierta de ropa y apuntes. Se recostó en la cama en el lado que había calentado su perro, y de repente su cuerpo se transformó en una plomada que se hundió en el colchón. Antes de que pudiera acomodarse ya estaba dormida, dominada por las luces de ese paisaje mediterráneo, que la invitaban a caminar una arena suave y blanca.
Eran las tres de la tarde, (un número que quería recordar para luego jugarle a la quiniela), estaba Ella a su lado y caminaban en silencio, se percibía que había algo de lo que no podían hablar y eso ocupaba todos los momentos, sus esporádicos cambios de palabras eran fútiles.
El agua le mojaba los pies y todo era reconfortante, Ella en determinado momento se excusó y desapareció de su lado porque la esperaba un grupo de gente con la que viajaban en el Tour. Marina se quedó caminando en esa soledad que siempre añoraba cuando estaba en el mar. Le encantaba caminar por la orilla mirando las olas romper, o cualquiera de las situaciones que se hacían presentes allí. Después de caminar un largo rato el sol comenzó a incomodarla por lo que se sentó bajo la sombra. Comió helado en un intercambio económico muy poco conveniente y el idioma lo manejaba como si fuera propio, se sentó en una reposera blanca y un vendedor se acercó a ofrecerle camarones frescos, pero ella estaba tomando helado. Se encontró a Judith, y aunque no sabía que se encontraba en Italia lo asumió con naturalidad, por lo que compartieron una conversación de rutina, sobre su salud, la vida de sus hijos, la vida de Marina, y prometieron verse luego.
Antes de que alguien notara el cielo cubierto de nubes la lluvia azotó la playa, la gente comenzó a correr en todas las direcciones, la mayoría se acomodaba debajo de los halos de los bares playeros, otros corrían hacia los autos, lo que en pocos minutos ocasionó condensaciones de tránsito. Marina no se movió de su lugar, se quedó mirando cómo algunos chicos en medio de la tormenta corrían para meterse al mar. Desde los techos de los bares y las palmeras chorreaba el agua que no podían sostener y al caer tronaba contra el piso, al ir menguando el agua un canto de gotas más delgadas se repartía entre diferentes baldes y bateas que se hallaban en el piso.
Ese goteo permaneció en su cabeza largo tiempo, como una música pegajosa de la que no podía despegar. Después de aproximadamente media hora el sol ocupó todo el cielo, la lluvia desapareció, la arena quedó con una cáscara crocante y el olor a humedad se escondió en ciertos rincones. Se corrió fuera de la sombrilla y se acomodó aprovechando una porción del sol que actuaba como una caricia sobre la piel que ya había comenzado a achicharrarse. Soslayó desde unos metros la figura de Ella viniendo en su dirección, su rostro iba ganando nitidez a medida que se acercaba, sin embargo no veía ningún tipo de expresión en su cara. Algunos de los baldes conservaban el tic del goteo y Ella estaba sólo a unos pasos con su rostro de hielo. Marina, movilizada por el pudor, dejó perder su mirada en las personas que tras la lluvia iban lentamente recuperando sus puestos en la playa.
Cuando su recorrido las dejó frente a frente, Marina le sonrió, pero Ella estaba como ciega y no respondió a esa formalidad, lo cual la inquietó__¿Ella qué te pasa? le dijo, __¿Pasa algo? Pero Ella no le respondió, en cambio, tomó un vaso que apareció sobre la mesa y le tiró un líquido vinoso en la cara.
Marina despertó sobresaltada, abrió los ojos pero no logró ver nada, ya que toda la habitación estaba sumida en la oscuridad, cubierta completamente por el agua, sin un haz mínimo de luz que la dejara orientarse. Aterrada quiso gritar, pero entonces su boca se llenó de agua, tragó agua sucia, inmunda y tosió, tosió, se quedó sin aire, pataleó convulsamente, desesperada, sin prosa y sin tregua murió en segundos.